El error del cielo

No imagino cómo sería haber vivido la vida de mi padre. Creo no entender cómo funciona una mente programada para la lucha. O acaso sí lo entienda, acaso lo entienda demasiado, ya he luchado suficiente. Ir a la guerra, huír de la guerra, tal vez en ese dilema se defina algo de orden trascendente. No imagino cómo sería haber vivido la vida de mi bisabuelo. Mi bisabuelo, el padre del padre de mi padre, tomó, a principios del siglo veinte, una decisión trascendente. Rusia mandaba a sus soldados a combate, en Japón, al este, pero él no aceptó; huyó, en cambio, hacia el oeste. ¿Huír será siempre hacia el oeste? Perseguir el sol, el oro, el sueño americano. Si el deber lo llamaba hacia el naciente, el sueño de otro mundo lo jalaba del poniente. El hombre, como sea, se rehusó a pelear, y tal vez gracias a eso mi abuelo, mi padre, yo, tantos otros, llegamos a esta vida. Así, al menos, la historia que nos contamos. Una moneda, la suerte de una moneda, definió que el desertor llegara a la Argentina. ¿Y si la moneda hubiera dicho Canadá? Tal vez una historia paralela existe allá en el norte, tal vez hay otro mundo al lado de este mundo, tal vez también soy canadiense, tal vez también no existo.

Mis padres se conocieron en un local del Partido Comunista. Mi madre atendía el teléfono y mi padre era líder de algo. Si él no hubiera sido líder de algo, si ella no hubiera cortado una llamada justo cuando él entraba al local, si los ideales no hubieran prendido… Soy, de alguna manera, hijo de esos ideales. Soy, de alguna manera, hijo de la añoranza de un mundo mejor. Soy también, de alguna manera, hijo de aquel libro rojo, esas normas, las prohibiciones, todas las reglas del manual socialista. La libertad y los límites. A mi madre no la dejaban escuchar rock, y por muchos años no pudo invitar a sus amigas a tomar la leche. Vivían escondidos. Seré también, tal vez, hijo de esas clandestinidades. Ir a la guerra, no ir a la guerra. Atacar, esconderse. Estar, desaparecer. Mi abuelo jugaba ajedrez y en su biblioteca brillaban, protagonistas, los libros de guerra. También, los de ingeniería. Mi abuelo era ingeniero y tuvo una fábrica de refrigeradores, máquinas para enfriar. Durante la guerra fría se vivía en un estado de amenaza. ¿Y si el hielo se derretía? Tal vez mi abuelo fuera el encargado de mantener ese volcán contenido, los misiles en la nevera.

Mi padre, varias veces (o una vez, poderosa como varias), me relató un recuerdo, uno de esos que vuelven: a principios de los años sesenta, recordaba estar caminando por la avenida Diagonal Norte. Eran días de Rusia, Estados Unidos, Cuba y los misiles, y entre los edificios de la diagonal, tal vez detrás del obelisco, mi padre imaginó la aparición de esos misiles. Ahí está él, una y otra vez en el recuerdo, mirando ese cielo como quien contempla el congelador de una heladera rota. Un hombre mira el cielo como si algo fuera a derretirse, como si algo estuviera por salir mal, como si detrás de las nubes fuera a aparecer la palabra fin.

Desenchufo la heladera, el hielo se derrite, las nubes se corren; soy ese hombre, soy ese hombre que escapa de la guerra y ese otro que enfrenta sus misiles, soy el temor y la espada, soy mi padre en esa diagonal del mundo; los misiles nunca aparecen, pero el cielo, el cielo más diáfano de la historia de los cielos, me refleja el espanto: el cielo vacío como la posibilidad de pensar que algo va a salir muy mal, el silencio como la posibilidad del desastre. Cuando inventaron el cielo no se habían inventado los misiles; cuando se inventaron los misiles, no se había inventado la idea de que el cielo no está hecho para ser atravesado por misiles. Podríamos, si quisiéramos, decir que algo salió muy mal.

Jada Sirkin

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