Para quién canto yo entonces

Para quién canto yo entonces
Reflexiones en torno al tema de la propagación de las obras

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¿Qué hago con mi nuevo libro de cuentos? ¿Por dónde lo muevo? ¿Soy Yo quien lo mueve? “Propagación”, en vez de “difusión”, me dijo recién un colega escritor. Las obras como un virus, y una vez más, me encuentro haciéndome preguntas en relación a la circulación de lo que llamamos obras de arte; en especial en relación a la circulación de “mis” obras. En esta ocasión, me encuentro con un nuevo libro de cuentos bajo el brazo, uno que viene siendo escrito y re-escrito hace más de dos años. Es mi tercer volumen de cuentos, al menos de mi vida adulta. ¿Adulta? ¿Cuándo la producción artística dejó de ser un juego? ¿Dejó de ser un juego? No, sólo a veces deja de serlo. Tal vez, cuando algo se pone pretencioso, formal, profesional. Tal vez, cuando algo valora más los resultados que el proceso de aprendizaje. ¿Es así? Digamos que tengo un nuevo libro de cuentos terminado, listo para salir a ser leído, y la editorial que me lo iba a recibir ahora ya no está disponible. Me encuentro una vez más sin saber qué hacer, para dónde tirar el centro. ¿Dónde está el arco? Esa es una buena pregunta, una que un amigo me tiró: ¿cuál es tu blanco? ¿A qué personas apuntás con tu libro? Hoy pensaba: no sé si me interesa tanto que me lean las personas del circuito literario. No es que me interese que no me lean esas personas (si es que esas personas existen, si es que ese circuito existe). Pero, digamos, que no solamente… ¿A quién quiero llegar entonces? O más bien: ¿a quién quieren llegar estos relatos? Cuando mi amigo me hizo esa pregunta, creo que no tuve una respuesta muy concreta. Lo pienso y me digo: estos relatos quieren llegar a quienes quieran leerlos, a quienes quieran maravillarse con ellos: en ellos. ¿Suena muy vago? Sí, es vago. Es incierto. No sabemos para quiénes estamos creando las cosas que creamos. No sabemos a quién tocará la obra en cuestión. No sabemos, tampoco, qué significa que algo toque a alguien. ¿Cómo se usa la obra de arte? ¿Qué es una obra de arte sino una herramienta para…? ¿Para qué? El otro día asistí a un taller de lectura en donde se dijo, de varias maneras, algo así como que no importan los textos sino lo que se conversa a partir de ellos. Entonces, la obra vale en las conversaciones que provoca. Las conversaciones de unos con otros, de una con una misma, de todxs con todxs, del mundo con el mundo. No tenemos la más mínima posibilidad, creo, de medir el impacto de nuestras acciones. El valor de lo que hacemos, por lo tanto, es muy difícil, sino imposible, de definir. ¿Qué nos queda? ¿Qué nos queda ahora que las estatuillas no tienen el indiscutible valor de conectarnos con lo divino? Recién conversaba con un colega escritor. Le pregunté cuántos libros vendió y más o menos en cuánto tiempo. Me tiró un número. Me dio una idea. Nos pusimos a dialogar en torno a la pregunta por lo que conviene. ¿Qué conviene? Mi primer libro de cuentos, Todos queremos, salió en septiembre de 2016 con la editorial Peces de ciudad y vendió en este tiempo unos 250 ejemplares. En diciembre del año pasado saqué el libro digital Yo, cuento, de distribución gratuita, y en unos meses le llegó a más o menos la misma cantidad de gente. Ahora, no tenemos idea de si las personas que compraron el primer libro lo leyeron, ni si las personas que recibieron el segundo libro, en digital, y gratis, lo leyeron. Lo que me decía mi colega escritor es que al menos al publicar con la editorial, cuando vendés un libro te entra un dinero que sirve para que la editorial publique otros libros; y que cuando alguien se descarga tu libro gratuito, no podés medir ninguna utilidad de manera objetiva. Si nadie lee los libros, entonces, cuando vendés un libro al menos te entra un dinero que te sirve para publicar otro libro. Sí, le decía yo, pero lo que quiero, lo que busco, creo, es que el libro pueda ser leído por la mayor cantidad de gente posible. Creo que eso es lo más útil para mí. Más que ese dinero que permita publicar otro libro (otro libro que, a su vez, no hay forma de saber si se leerá), lo que me interesa es la posibilidad de la lectura. ¿Es eso? ¿Qué significa, entonces, que un libro sea leído? ¿Qué es leer un libro? Leer un libro, ¿es decodificar el significado de sus palabras de principio a fin? ¿Es entenderlo? ¿Es…? ¿Qué es entender? Leer un libro, atravesar el cuerpo verbal de un libro, ¿significa algo en sí? Hace un tiempo jugaba con la idea de que un best-seller puede tener menos impacto en la historia del universo que una frase leída por una persona por ahí. De nuevo, no tenemos idea del afecto, del efecto, de las cosas sobre las cosas. Cómo las cosas agitan a las cosas. Cómo el mundo se mueve a sí mismo. ¿Por qué, entonces, publicar? Digamos que hace unos días algo cambió de signo: me descubrí a mí mismo contándome que quería publicar este libro para recibir reconocimiento, y que entonces no necesitaba publicarlo, porque creo, no necesito reconocimiento. Me encontré a mí mismo enfrascado en un diálogo interno conmigo mismo, un enrosque acerca de mi necesidad de ser reconocido, o de mi no-necesidad de ser reconocido, y algo de que no quiero necesitar publicar, o que no necesito publicar, porque no necesito ser reconocido… Supongamos que eso es cierto, que no necesito reconocimiento. No lo sé, no importa ahora, no lo sepamos. Supongamos por un momento que es así, que no necesito eso que llamamos reconocimiento. Entonces, ¿de dónde viene esta fuerza que busca publicar este libro? ¿Será que el libro es una fuerza que ya no tiene que ver conmigo, una fuerza que quiere desplegarse? ¿Será que el libro mismo quiere ser publicado? Ahí algo pasó, en un nivel de mi psiquis, digamos. Digamos que algo cambió de signo, y pasé de pronto de creer que el deseo de publicar era una cuestión de ego a creer que no publicar es una cuestión de ego. Es decir, como creo que YO no necesito publicar, no publico. ¿Pero por qué moverme de acuerdo a lo que Yo creo necesitar o no necesitar? ¿Qué hay de todo eso que no es, o creo que no es, Yo? Ahí apareció, entonces, la idea del servicio, la idea de que el libro quiere ser publicado no por mí, no para mí, sino por, o para, los otros, lo otro. Las otras personas, el mundo. Claro, me dije, no publicarlo implica más esfuerzo que publicarlo. Hay una fuerza en movimiento que yo sólo tengo que surfear. Acompañar. No se trata de mí, no se trata de lo que el libro vaya a darme a mí, a mí en tanto persona, o personalidad, se trata de acompañar un movimiento que ya se está moviendo. En este sentido, entonces, se aclara la idea de que lo que quiere ser es lo que pueda ser mejor, es decir más rico, para el mundo. ¿Cómo saber, entonces, qué quiere ser en el mundo? Bueno, me digo: intuición. Acá aparece esta cuestión de la intuición. No sé si quiero, no sé ya si puedo, dejarme llevar por cálculos y lógicas. ¿Cuál es, entonces por intuición, el movimiento más rico para la circulación de este libro? ¿Importa la cantidad? ¿Importan las masas? Recuerdo, ahora, una línea de Amanda Palmer, que nos dice: “Fortalecer la red no es lo mismo que expandirla. Si desplegás tu red demasiado lejos, se estira tanto que se enflaquece y se rompe; o se estira tan ancha que se hace incapaz de atrapar nada.” Recuerdo, entonces, algo que ya vengo sabiendo: la cantidad no tiene un valor en sí, lo masivo no es valioso en sí. Entonces, ¿por qué pienso que lo que quiero para el libro es que llegue a la mayor cantidad de gente posible? Es cierto, creo, que el sólo hecho de estar disponible, visible, para la mayor cantidad de gente posible, implica que la experiencia pueda estar disponible para esas personas que puedan encontrar valor, sentido, en ella. En este sentido, hay algo de la visibilidad que parece tener cierta importancia. ¿No? Hace unos pocos días subieron mi película “Escenas de una fiesta rota” a la plataforma de cine argentino cine.ar y ahora puede verse online y de forma gratuita. ¿Eso significa algo? Bueno, creo que significa que puede verse online y de forma gratuita. La obra, como espacio de posibilidades para la experiencia, digamos, está disponible. Boris Groys, en su libro Volverse público, nos recuerda que hoy hay más gente produciendo imágenes que consumiéndolas. Hoy cualquier persona hace una película con su celular y la sube a youtube. Hoy, dice Groys, nos contentamos con que nuestras obras estén disponibles. ¿Cuál es entonces el camino para generar esa disponibilidad? ¿Qué significa, además, profundamente, que una experiencia esté disponible? En principio aparece el recuerdo, el grandioso recuerdo de la no expectativa. Creo que siempre me interesé más en la producción de obras, en la creación, que en la venta de esas obras. El jugo, me digo, está en el viaje de investigación, en la creación, en el encuentro creativo con los otros. Kafka murió pidiendo que se quemaran todos sus escritos. No le hicieron caso. (El mundo no necesitaba a Kafka, pero el mundo sería otro sin Kafka, como yo sería otro si no hubiera leído algunos cuentos de John Cheever, o de Borges, o de algo que escribió un amigo hace unos días.) ¿Para qué publicar? El arte es lo menos necesario del mundo, y tal vez por eso, puede ser el mayor regalo. Algo así. ¿Para qué mostrar?  Bueno, parte de la obra, del juego, parece ser ese choque, ese encuentro con la mirada que participa de la creación de los sentidos. No suelo saber qué significan las cosas que hago. Tal vez publico para que me lo digan, para qué me digan qué les dice lo que digo. No sé qué es lo que digo, y tampoco quiero saberlo. Entonces, la obra se me figura como un disparador para la conversación. La obra como un espacio para la conversación. El arte parece ser, siguiendo a Eco, ese mensaje ambiguo que permite, posibilita, pide, múltiples lecturas. Si creo estos artefactos que llamamos arte, entonces, mensajes ambiguos, me interesa, parece, el diálogo que sucitan. Ese diálogo puede tener muchos niveles. Lo que me interesa, vuelvo, no es tanto el texto sino el contexto. Pensar al texto no como un texto (un objeto) sino como un contexto (un lugar). La obra es un espacio para la conversación. Dentro de unas semanas haremos un conversatorio. Se nos ocurrió esa idea, una noche de conversación a partir de la lectura del libro Yo, cuento. Ahí, de pronto, hace mucho sentido que el libro sea digital y gratuito. Quien quiera venir al encuentro lo puede recibir con un clic y sin pagar. Lo puede leer y puede venir a conversar. Creo que la fiesta es la conversación. ¿Conversación entre quienes? Ahí aparece esa pregunta, y esta pregunta: ¿para quién escribo? Recién continuaba la conversación con mi colega escritor y él me decía algo de que cuando uno se publica a sí mismo, suele pasar que su obra queda circulando entre sus círculos de amigos. Y esta idea de que la editorial, aún hoy, garantiza, o supone, cierta idea de que el material fue seleccionado y que por lo tanto vale, que tiene un valor. Algo de la idea del prestigio que da la editorial, la suposición de que porque unas personas de una empresa eligieron tu material, tu material vale. Lo cierto es que muchas de las cosas que se publican por editoriales, editoriales prestigiosas, seguramente no me interesen, no me parezcan valiosas. O no te parezcan valiosas a ti. ¿A ti? ¿Quién eres tú para definir si algo es valioso? Bueno, supongo que cada quien define, en cada momento, lo que le es valioso e importante. El premio Nobel, digamos, no significa nada. Tal vez sólo significa que unas personas de Suecia decidieron, tomaron una decisión en relación a un material. Lo que puede significar el Nobel, o el Oscar, o cualquier premio o mención, además, es la apertura de puertas. Aunque eso tampoco es garantía. Nada garantiza nada, digamos. Es cierto, o puede ser cierto, le decía a mi colega escritor, que un libro tiene dos funciones: una, generar lecturas; la otra, generar un nombre. Generar un nombre, pero ¿para qué? ¿Para qué queremos ser reconocidos? Conocidos y reconocidos. Bueno, por ejemplo, si mis libros fueran “más” conocidos, vendrían más personas a mis talleres. ¿Sí? Bueno, no lo sé, pero puedo suponer que sí. En definitiva, me digo, son todas suposiciones. En fin, todo esto es un laberinto de pensamientos. Pero hay algo que me interesa, cuestionar los valores dados a las cosas. Desentrañar marañas para entregarme a movimientos de orden más intuitivo. Finalmente, no tenemos forma de saber qué nos conviene, qué vale más, cuál es el mejor movimiento para cada momento. Sólo nos queda, tal vez, confiar en que los movimientos que se producen son los mejores… Porque son los que son. ¿Esta es la conclusión de todo esto? No, no sé si hay conclusiones. Sigue circulando la pregunta. Y la dejo por ahora vibrando, a ver qué pasa… Por lo pronto, confío en lo que me excita, en lo que me enciende, en lo que me vitaliza, como el conversatorio del 16 de mayo, como las conversaciones con mis amigos, con mis colegas, con mi pequeña y poderosa red. Devenir minoritarios, decía Deleuze, y algo ahí se me figura como una clave. El poder de las micropolíticas, de los movimientos clandestinos, no por clandestinos, sino por libertarios. El mercado me torra, me dice mi colega escritor, y digo sí, a mí también. Y vamos por lo que nos despierta, por lo que nos vitaliza, por lo que nos excita. Vamos…

Jada Sirkin, 13 de abril 2018

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