Nuevo libro de cuentos (pide tu copia y regala ficción)

El lunes 18 de diciembre sale a circular por las redes mi nuevo libro de cuentos,
esta vez en versión digital y de distribución gratuita, para regalar y regalar.

YO, CUENTO pide tu copia blog

Pide tu copia mandando un mail a elmalentendidolibros@gmail.com

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Si lo cuento es porque no pasó

Benjamin Passport

“El narrador es el hombre que permite
que las suaves llamas de su narración
consuman por completo la mecha de su vida.”
Walter Benjamin

Vuelvo de viaje y te cuento de mi viaje, acaso para darme cuenta: para ver qué viaje me conté durante el viaje. No te cuento la verdad, no te cuento lo que pasó, te cuento lo que me conté que pasaba. Te lo cuento para darme cuenta. Al narrar tomo decisiones, y esas decisiones construyen la experiencia narrada. La experiencia narrada no es la experiencia vivida: tal vez la experiencia vivida sea la combinación de todas las narraciones que se podrían hacer acerca de ella. Tal vez narro como forma de saber lo que creo que viví, tal vez narro como forma de saber lo que no viví. Tal vez te digo lo que pienso de vos, para saber qué es lo que no sos. Tal vez te digo lo que pienso de mí, para saber lo que nunca seré, lo que nunca fui. Tal vez le pongo un nombre a nuestro vínculo, para saber, con certeza, lo que no somos. No te digo lo que pienso por ser eso lo que creo, te digo lo que pienso porque eso es lo que creí. Lo que creí creer. Narro, tal vez, para descubrir lo que creí creer. Narro para saber lo que no pasó. Te cuento mi historia para descubrir la historia que me cuento. ¿Qué hay detrás de todas las historias que me cuento? Si lo cuento es porque no pasó, si lo nombro es porque no es así.

Jada Sirkin, diciembre 2017.

Foto: pasaporte de Walter Benjamin

Retiro de Escritura en Tigre
¿Cómo comunicamos la experiencia?

FLYER

Sábado 9 de diciembre / 10,30 a 19,30 hs
Coordina: Jada Sirkin

*

“…esa especial modulación lírica y existencial que permite contemplar el propio drama como desde fuera y disolverlo en melancolía e ironía.”
Ítalo Calvino

PROPUESTA TEMÁTICA:
Un día entero de investigación y creación. La pregunta que nos guía es cómo significamos y comunicamos la experiencia. La gran duda que nos hace bailar es si la experiencia existe antes de ser comunicada, o si el acto comunicativo es lo que le da existencia a la experiencia. La hipótesis podría ser algo así como que narrar es construir experiencia. ¿Hay primero un mundo y después una palabra que lo expresa? ¿La palabra crea al mundo? ¿Qué es comunicar? ¿Para qué nos contamos historias? La experiencia, dicen, se procesa en forma de relato. Recordar es reconstruir relatos. ¿Qué hacemos con los relatos que nos relatamos? ¿Qué hacemos con los cuentos que nos contamos? ¿Será que te cuento para darme cuenta de que cuento, y de que lo que cuento es cuento? Si la historia personal es un tejido de recuerdos, y si el recuerdo es una ficción ¿la historia personal es una ficción? ¿Qué hacemos con eso? ¿Qué hacemos con nuestras historias? ¿Para qué la narración?

DINÁMICA:
Durante el día haremos algunos ejercicios de exploración, de indagación, de investigación, y apuntaremos a la escritura de pequeños relatos, narraciones, ficciones. Usaremos el espacio de la isla y nos dejaremos usar por él. Veremos qué se cuenta en el encuentro con el lugar y con los otros.

COMIDA:
El taller ofrece mate y agua. Cada quien trae lo que quiera para comer/compartir en el almuerzo. La casa hará unas cosas de merienda para vender, para quien quiera.

DONDE:
Isla del Tigre, Río Carapachay al 200, 35 minutos de lancha desde la estación Tigre.

HORARIO:
10,30 a 19,30 hs
(la última lancha colectiva es 18,30, pero idea es volver en lancha taxi para quedarnos hasta 19,30)

PRECIO:
Entre $300 y $600 lo que quieras, por el taller.

VIAJE:
Opción 1: Lancha colectiva desde Tigre. Tomar la de las 10am (estar un rato antes) del ramal El Jilguero hasta el muelle Panizza. Se vuelve en la de las 18,30 (el precio es $70 cada viaje).
Opción 2: Lancha taxi. Si se arman grupos de 3 o 4, conviene ir en la lancha taxi, que sale a unas 10 cuadras de la estación de Tigre, vale $250 y no tiene horarios: es más fácil!! El teléfono de la lancha taxi es 47491896.

RESERVA TU LUGAR: mail a dandembira@gmail.com

TRAER: si te gusta nadar, traje de baño. OFF o algo para los mosquitos (nuestros queridos antagonistas), cosas para escribir, termo y mate, protector solar si usas, sombrero si toca, comida para compartir en el almuerzo, lona o mantita para el pasto.

SI EL 9 LLUEVE, SE PASA AL 10

Yo, cuento

YO, CUENTO
(BASADO EN UNA HISTORIA IRREAL)

  

“Las historias tienen una especie de sistema inmune
que las mantiene intactas por la mayor cantidad de tiempo posible.”
Charles Eisenstein

 

La investigación se pone cada vez más sutil, y estos días lo noto en la medida en que me encuentro con amigos. Llamemos amigos a estas personas con quienes, al conversar, me digo que sí, que estamos en el mismo canal.

Hoy me encontré con R, con quien pareciera, últimamente, que tan en el mismo canal estamos que es como si hiciéramos el amor, aunque sin tocarnos, o dándonos un abrazo cada tanto.

—Sinergia —dijo él—, mucha sinergia.

Cuando le abrí la puerta, me preguntó:

—¿Cómo estás?

—Bien.

—“¿Cómo estás? ¿Bien?” —repitió—, eso es lo que decimos.

Subíamos al ascensor, recién estábamos entrando.

—Sí —le dije—, ¿qué querés que te diga?

Ahí no sé qué pasó, pero llegamos arriba y me tomé un momento para ver qué le decía acerca de cómo estaba. Porque mi “bien” no le alcanzaba, y a mí, la verdad, tampoco. Cerré los ojos, me toqué el pecho, y pensando que no quería burlarme de mí mismo, dije varias cosas y cerré:

—Me alegra verte.

En la cocina le ofrecí media manzana.

—¿Y vos cómo estás? —arriesgué.

R tomó su media manzana y se dispuso a responder. Antes de contarte qué respondió, te cuento algo que pasó hace dos o tres días. Fui a visitar a R a su casa. Hoy su casa es la casa de sus padres. Nos instalamos en la terraza, donde dos perras exigían cariño y estacionaban sus cabezas en mi falda. Así que ahí estaba, en casa de sus padres, donde supuestamente R no se sentía bien. Eso me había contado, que estaba de paso, que todo era de paso, que tenía un cuarto lleno de polvo en el que no estaba a gusto. Esto me lo contó en mi casa, hace tiempo, cuando también me contó que al separarse de la que fuera su novia había entrado, él, en un lugar extraño, diferente, acaso oscuro. Oscuro, para mí, era desconocido: nunca había visto a R así de vulnerable, él que parecía un mago, o un héroe; cuando le dije que me hacía bien verlo así, frágil, creo que le dije frágil, lloré. Y después él también lloró, y creo que hubo un momento, esa noche en mi casa, en que lloramos a la vez, como en espejo.

Esto que cuento es realidad, pienso, y también es una historia. Me doy cuenta porque me lo cuento; y porque me cuento, es cuento. Así que todo esto entra en ese género literario que alguien llamó cuento. Cuento es algo que se cuenta.

Yo, cuento.

(Nota: con la coma entre las dos palabras, deja de parecer que el yo y el cuento son dos cosas diferentes (un sujeto y un verbo), y pasa a parecer que yo y cuento son lo mismo. Somos lo mismo, y sólo por la coma, sólo por una coma. Una coma, un punto, la puntuación en general puede cambiarte la película. Si decís “me siento mal” es una cosa, pero si le metés la coma, mirá lo que pasa: “me siento, mal”. ¿Qué se lee en esta segunda opción? “Mal” puede ser leído como una forma de indicar no ya maldad, sino intensidad. ¿Conocés ese uso de la palabra mal? “Sí, mal.” Así decimos, como quien dice: “Sí, totalmente.” Entonces “me siento, mal” sería “me siento, mucho”. A esto me refiero con que la investigación se está poniendo más y más sutil. Mal, sí, mal, como quien dice: “Sí, muy muy sutil.” Así de sutil está la cosa. Así de sutiles pueden ser la gracia y la desgracia. Y entre ellas, entre la gracia y la desgracia, la sutileza de una coma.)

Unas semanas después de la cena en mi casa, estábamos en la terraza de la casa de los padres de R, comiendo unas nueces que yo había llevado y tomando un mate que él tenía listo. Preguntarnos cómo estamos, para nosotros, parece ser una decisión peligrosa; no nos alcanza con:

—Bien.

O con:

—Mal.

Ni siquiera:

—Más o menos.

—¿De verdad querés saber cómo estoy? —deberíamos preguntarnos.

Entonces ahí, en esa terraza, le pregunté cómo estaba y R me contó que seguía en la película. En la misma película, creo que dijo algo así. Dijo, o repitió, que ahí en casa de sus padres no se sentía bien, que no se podía concentrar, o enfocar, o trabajar. Creo haber registrado, cuando comenzó a contarme, que por mi mente pasó el pensamiento: sigue en la misma, no puede ser. Así que para mí fue interesante, porque sí era, porque sí podía ser, porque estaba siendo, y porque más allá de los ideales que yo pudiera tener, había un cuento siendo contado, un cuento que quería ser escuchado. Y ahí, cuando me dispuse a escuchar, sentí ternura. Creo que es ternura, sí, creo que ternura es la mejor palabra. Me daba ganas de abrazarlo, pero nos habíamos abrazado hacía unos minutos, así que había que esperar para el siguiente abrazo.

¿Cómo saber cuándo abrazar? Cuándo y cuánto. ¿Cómo saber cuándo es momento de algo así?

R continuó la historia que había comenzado en mi casa la otra noche. Cuando me contaba, no me podía dar cuenta si él necesitaba que yo le dijera algo, o si no. Si quería que lo ayudara a sostener su historia, o a desarmarla.

(Nota: ahora que escribo esto, me pregunto si los monstruos, los problemas, las situaciones, no son sino cuentos que necesitan ser contados, para al ser contados, al ser escuchados, como un sweater que fue tejido para ser usado, así como un tejido, los cuentos, las historias, al ser contadas, cada vez, tal vez, ser destejidas. Después pienso que no es tan sencillo, y que uno también puede contar una historia para sostener la historia. Entonces, según esta hipótesis, habría dos intenciones posibles, acaso opuestas, en el acto de narrar: sostener lo narrado, desarmar lo narrado).

—Qué bueno contarte algo —me dijo R hoy—, y que no creas que tenés que hacer algo con eso que te cuento.

Eso creo que lo dijo después de comer su media manzana. Era interesante el hecho de que sabíamos que alguien estaba por llegar, que no teníamos todo el tiempo del mundo para conversar; algo de eso daba a nuestra conversación algo así como una cualidad sintética, y la síntesis tiene lo suyo.

Pero ordenemos: tenemos lo que pasó hoy, lo que pasó hace unos días en casa de los padres de R, y lo que pasó en mi casa hace unas semanas. Son tres momentos, tres momentos que podrían ser capítulos de una serie, una misma historia, un mismo cuento. Sería extraño afirmar algo así como que esta historia es mía, que me pertenece, o que yo soy su autor. Yo, autor, pienso, y no sé por qué recuerdo esa frase de Rimbaud: Yo es un otro. Yo cuento, pero no sé por qué soy el que cuenta, si la historia, me digo, es la de R. La historia es la de otro, digo, me digo, y agrego: la historia siempre es la del otro. Narrar, pienso, es intentar acercarse a lo otro. Narrar, creo, es un intento de dar cuenta de lo otro. Así que yo cuento la historia de otro. Pero al contarla elijo las palabras, las comas, los puntos, y así la historia del otro pasa a ser mi historia. Traduzco, y por eso lloro cuando mi amigo me cuenta su historia; lloro porque soy quien pone las comas en su historia. Por eso llora él, también, cuando yo lloro por su historia. Lloro yo, llora su historia. Es el cuento quien llora, porque narrar, pienso, es llorar; y llorar es destejer la historia.

Algo así para justificar por qué cuento este cuento; justificar, o entender, por qué me conmueve lo que me conmueve. ¿Por qué R y yo sentimos que nos estamos moviendo juntos? Sinergia, amistad, conmoción.

—Un amigo —dijo R hoy—, te ayuda a ver que tus historias son historias.

Y esa tarde en casa de sus padres dijo:

—Sigo en esta historia, siento que no puedo, que así no puedo, que necesito un lugar, una casa donde vivir, donde sentirme a gusto, donde poder encontrarme con gente.

—Pero ahora te estás encontrando con gente, conmigo.

Tiempo. Jaque.

—Sí —dijo con vértigo, el vértigo que sentimos cuando estamos por arrojarnos a la tarea de desenredar una maraña.

—Y tus papás, ¿tienen problemas con que traigas gente?

—No —dijo, con confirmación de vértigo.

—Okay —he de haber dicho yo.

Ahí, en algún momento, R me trajo un almohadón de algún lugar arriba, más arriba que la terracita en la que estábamos, y yo dije algo en relación a su cuarto y señalé hacia ahí, hacia arriba, hacia lo que había más allá de una bonita escalera caracol.

En cuanto al tema de su cuarto, para armar toda la historia tengo que volver a esa noche en mi casa. Cuando la novia le dijo a R que ya estaba, más o menos al mismo tiempo (o lo suficientemente cerca en el tiempo como para que la mente de R definiera “al mismo tiempo”), su compañera de casa, o la persona que le alquilaba, le pidió a R que se retirara. Así fue que R cayó (no sé si dijo lo de la caída, pero seguro lo sintió como caída) en casa de sus padres. Creo que cuando me contó esta parte le dije algo así como que la idea de volver a vivir a casa de los padres es como un estereotipo, o arquetipo, o algún tipo de tipo, de la idea de fracaso. Es difícil imaginar la posibilidad de contarle a alguien “volví a casa de mis padres” y no imaginar, inmediatamente, el intento de evitar una mueca de desilusión.

Hay historias que se cuentan tanto, y son tan funcionales a todo un aparato de creencias, que se vuelven símbolos, mitos: situaciones ya excesivamente significadas; cosas para las que ya se sabe demasiado cómo reaccionar.

Creo, estoy casi seguro, que ahí fue que lloré: cuando le dije esto del fracaso, creo que ahí fue que lloré. Como sea, entre las cosas que R me contó, una de las principales fue que su cuarto, el cuarto con el que contaba ahora en casa de sus padres, tenía mucho (mucho) polvo. Tanto, dijo, que no se podía estar.

Semanas después, ahora en la terraza de sus padres, no sé por qué, no sé cómo, no sé en qué rapto de inspiración, le dije a R:

—¿Puedo ver tu cuarto?

No sé con qué cara me dijo que sí. Subimos por la escalera caracol y, cuando entramos, no la pude creer.

Lo miré, lo observé, intentando entender, o esperando una explicación. Las paredes eran de un ocre precioso, cálido, amigable; el ventanal daba a un balcón con jazmines y después a los árboles y al cielo; había una mesa, una computadora, algunas cosas más.

—¿Y el polvo? —tuve que preguntar.

Imagino (porque no recuerdo) que ahí se le cayó la cara. Por mi parte, no sabía cómo ocultar mi sorpresa. Había, sentía, una especie de cortocircuito perceptivo.

—Bueno —supongamos que dijo él, y creo que bajó a buscar algo y yo me quedé solo. Me senté, recuerdo, intentando entender si ese era el mismo lugar que R había descrito.

—Qué lindo color de pared.

—Sí, es lindo —tuvo que admitir, ya sonriendo, como si una parte de él empezara a comprender, o a ver más allá de algo; como si uno de los nenes del grupo ya se hubiera trepado a la empalizada, como si ya se viera más allá del muro.

—¿Y el polvo? —insistí.

Él, creo ya jugando, pasó el dedo por algunas superficies. Mostrando su dedo limpio, dijo:

—Te juro que había polvo.

Se reía, ya empezábamos a reírnos. Más tarde, como si fuera parte de la misma vibración, sobrevino el llanto; esta vez yo no lloré, y él se llevó todas las lágrimas.

—Podés sacar esas bolsas —le sugerí—, y bajar el colchón que no usás.

—Pero la mesa me queda chica —dijo.

—Ahí tenés unos caballetes, mirá, podés poner una tabla…

—De hecho, abajo hay una mesa grande que me gusta mucho y nadie usa.

—¿La podés subir?

—Sí.

Todo esto antes del llanto, porque todo esto fue el camino al llanto.

—¿Decís que puedo sentirme bien estando acá?

—Sí, digo.

Ahora estábamos sentados sobre una manta peluda con la imagen de un bonito tigre amarillo. Y él observaba el lugar, como si nunca lo hubiera hecho.

—Qué fácil es quejarse, ¿no?

—Sí.

La noche se nos había caído encima, parecía que era hora de descubrimientos. No sé cómo nombrar, si se pudiera nombrar, el asombro en la cara de mi amigo R, que miraba la habitación como si fuera que saliendo de una larga noche. La noche, pensé, también es una historia. El polvo, acaso un cuento.

—Todo empezó cuando nos separamos de S.

S era la novia de R.

—Empecé a pensar que la había cagado, que había algo en mí que estaba mal.

Después, o antes, en algún momento, ya en medio del llanto, dijo:

—Siento que estoy tocando un fondo.

Y más o menos por ahí llegó el momento de otro abrazo. Nos abrazamos, y R lloró un buen rato.

—No hay mucho polvo, ¿no?

—No, no mucho.

Unos días después, hoy, con esa media manzana en la mano, cuando le pregunto cómo está, me cuenta que se cuenta (así lo dice, que se cuenta) que está mal por un dolor que tiene en una pierna. Cierto, me había contado, tuvo algo así como un desgarro en una pierna.

—Siento que no me puedo concentrar, enfocar…

—Qué curioso —casi le digo—, las mismas cosas que te pasaban cuando tu cuarto estaba lleno de ese polvo.

—Hoy me senté a trabajar —sigue—, y me dolía mucho…

Lo escucho. Lo escuché. En algún momento nos reímos y ahí le pregunté qué pensaba cuando le dolía. Dijo que pensaba que le molestaba que le doliera, y que no lo dejaba enfocarse, o algo así, y después dijo esto de que le gustaba contarme algo y que yo no tuviera necesidad de decir nada. Si les contara a sus padres del dolor de pierna, supuso, ellos dirían de todo.

—Pero vos no me decís nada.

—Yo te hago preguntas —dije. Y después le conté que hoy, al salir del tren, me di cuenta de que algo me molestaba, y que no me sentía del todo bien, pero no sabía por qué; era algo muy sutil, le dije, porque no me pasaba nada grave, pero molestaba—. ¿Ya hablamos de eso? ¿Ya hablamos de las mini-preocupaciones y de lo sutil que se puede poner la mente?

Hoy, al bajar del tren, hice el ejercicio de nombrar las cosas que me estaba contando. Yo cuento. Yo, cuento. Como yo cuento, yo, cuento.

—El relator está activo todo el tiempo, aunque no nos demos cuenta. No nos damos cuenta, pero el narrador está narrando.

—El relator del partido a veces habla muy bajo.

—Sí.

Ni lo oímos, pero el relator relata. Porque para eso está. El relator relata, el narrador narra, el pensador piensa…

—La mente menta.

—Muy bueno, sí, la mente menta

—O miente.

Casi que todo el tiempo, sino todo el tiempo, nos estamos contando algo. En la medida en que no nos damos cuenta, parece, somos el cuento que nos contamos. Si no me doy cuenta que me estoy contando un cuento, soy ese cuento, estoy en el cuento, me creo el cuento.

Y en la medida en que me doy cuenta de que me cuento un cuento, digo:

—Ah, yo no soy el cuento, yo cuento.

La conversación, así, se fue poniendo más brillante. Acaso fueron los ojos de R los que brillaron. Sí, fueron sus ojos que brillaron. R me escuchaba, y era hermoso, yo hablaba, pero sin hacer ningún esfuerzo. Como si fuera él quien estuviera hablando. Tal vez, pienso ahora, nos estábamos comunicando. Tanto, tal vez, que no se sabía quién oía y quién decía.

—Comunicarse —dijo R—, es tocar.

—¿Tocar al otro? —pregunté.

—No sé.

—¿Tocarse?

—Puede ser.

—¿Tocar la vida? —insistí, y R se rió, y ahí, o por ahí, tocaron el timbre; como si el afuera viniera a enmarcar un adentro, a poner fin a (sólo un episodio de) la historia. Nos dimos un abrazo, un abrazo muy lindo la verdad, largo, fuerte, y dijimos algo de que estaba habiendo sinergia, mucha, entre nosotros; R dijo lo de la sinergia, y le dije que sí, y él bajó a abrir la puerta, y yo, te cuento, quedé emocionado, y con ganas de más.

Acompañamiento de procesos creativos

Acompañar un proceso de creación, acompañar con la observación y el oído a un otro que crea, maravillarnos juntos de los paisajes del proceso creativo: las mesetas, los picos, los valles, los viaductos… Escuchar, escuchar, escuchar, cuán poderoso (LIBERADOR) puede ser el acto de escuchar…

FLYER coach niño vuela

PARA QUIÉN
Si estás desarrollando un proyecto de escritura, individual o en grupo, o si aún no arrancaste y estás viendo cómo empezar; si estás en una fase avanzada de un proyecto y necesitás una mano para organizar el material, dar un orden, corregir, pulir, terminar de dar formas; si estás en el proceso creativo de una obra y hay algún bloqueo, traba, dificultad o desafío para enfrentar; si querés revivir un proyecto dormido; si querés organizar material disperso en un todo coherente, si querés armar un libro, si querés alistar una obra para presentarla… Te acompaño!

FORMA DE TRABAJO
Podemos encontrar el formato y la periodicidad que más convenga a tu proceso creativo y a tus tiempos. Sólo es cuestión de coordinar.

CONSULTAS: dandembira@gmail.com

La trama de lo posible

Me pregunto si las cotorras pueden volar sin gritar, si ese grito no es sino el sonido de sus cuerpos cortando el aire. Tal vez volar no sea así de placentero como imaginamos, pienso. Sobre un terreno en pendiente unos chicos de uniforme secundario arman una pirámide humana. Las chicas les toman fotos. Cuando se alejan, creo ver unos hilos en el aire, el entramado de mitos que tejen ese campo de lo posible que llamamos vida cotidiana. Creo ver esos hilos, las cuerdas sobre las que circulamos, y por un momento creo poder sentir hasta qué punto la vida está signada por los relatos de lo que se puede y lo que no; por un momento creo poder sentir hasta qué punto la vida así en la Tierra es sólo una posibilidad.

Jada Sirkin, octubre 2017

piramide humana

Acompañamiento Creativo

Servicio de acompañamiento de procesos creativos
(individuales y grupales)

Flyer Coach buzón

PARA QUIÉN
Si estás desarrollando un proyecto de escritura, individual o en grupo, o si aún no arrancaste y estás viendo cómo empezar; si estás en una fase avanzada de un proyecto y necesitás una mano para organizar el material, dar un orden, corregir, pulir, terminar de dar formas; si estás en el proceso creativo de una obra y hay algún bloqueo, traba, dificultad o desafío para enfrentar; si querés revivir un proyecto dormido; si querés organizar material disperso en un todo coherente, si querés armar un libro, si querés alistar una obra para presentarla… Te acompaño!

FORMA DE TRABAJO
Podemos encontrar el formato y la periodicidad que más convenga a tu proceso creativo y a tus tiempos. Sólo es cuestión de coordinar.

CONSULTAS: dandembira@gmail.com

El error del cielo

No imagino cómo sería haber vivido la vida de mi padre. Creo no entender cómo funciona una mente programada para la lucha. O acaso sí lo entienda, acaso lo entienda demasiado, ya he luchado suficiente. Ir a la guerra, huír de la guerra, tal vez en ese dilema se defina algo de orden trascendente. No imagino cómo sería haber vivido la vida de mi bisabuelo. Mi bisabuelo, el padre del padre de mi padre, tomó, a principios del siglo veinte, una decisión trascendente. Rusia mandaba a sus soldados a combate, en Japón, al este, pero él no aceptó; huyó, en cambio, hacia el oeste. ¿Huír será siempre hacia el oeste? Perseguir el sol, el oro, el sueño americano. Si el deber lo llamaba hacia el naciente, el sueño de otro mundo lo jalaba del poniente. El hombre, como sea, se rehusó a pelear, y tal vez gracias a eso mi abuelo, mi padre, yo, tantos otros, llegamos a esta vida. Así, al menos, la historia que nos contamos. Una moneda, la suerte de una moneda, definió que el desertor llegara a la Argentina. ¿Y si la moneda hubiera dicho Canadá? Tal vez una historia paralela existe allá en el norte, tal vez hay otro mundo al lado de este mundo, tal vez también soy canadiense, tal vez también no existo.

Mis padres se conocieron en un local del Partido Comunista. Mi madre atendía el teléfono y mi padre era líder de algo. Si él no hubiera sido líder de algo, si ella no hubiera cortado una llamada justo cuando él entraba al local, si los ideales no hubieran prendido… Soy, de alguna manera, hijo de esos ideales. Soy, de alguna manera, hijo de la añoranza de un mundo mejor. Soy también, de alguna manera, hijo de aquel libro rojo, esas normas, las prohibiciones, todas las reglas del manual socialista. La libertad y los límites. A mi madre no la dejaban escuchar rock, y por muchos años no pudo invitar a sus amigas a tomar la leche. Vivían escondidos. Seré también, tal vez, hijo de esas clandestinidades. Ir a la guerra, no ir a la guerra. Atacar, esconderse. Estar, desaparecer. Mi abuelo jugaba ajedrez y en su biblioteca brillaban, protagonistas, los libros de guerra. También, los de ingeniería. Mi abuelo era ingeniero y tuvo una fábrica de refrigeradores, máquinas para enfriar. Durante la guerra fría se vivía en un estado de amenaza. ¿Y si el hielo se derretía? Tal vez mi abuelo fuera el encargado de mantener ese volcán contenido, los misiles en la nevera.

Mi padre, varias veces (o una vez, poderosa como varias), me relató un recuerdo, uno de esos que vuelven: a principios de los años sesenta, recordaba estar caminando por la avenida Diagonal Norte. Eran días de Rusia, Estados Unidos, Cuba y los misiles, y entre los edificios de la diagonal, tal vez detrás del obelisco, mi padre imaginó la aparición de esos misiles. Ahí está él, una y otra vez en el recuerdo, mirando ese cielo como quien contempla el congelador de una heladera rota. Un hombre mira el cielo como si algo fuera a derretirse, como si algo estuviera por salir mal, como si detrás de las nubes fuera a aparecer la palabra fin.

Desenchufo la heladera, el hielo se derrite, las nubes se corren; soy ese hombre, soy ese hombre que escapa de la guerra y ese otro que enfrenta sus misiles, soy el temor y la espada, soy mi padre en esa diagonal del mundo; los misiles nunca aparecen, pero el cielo, el cielo más diáfano de la historia de los cielos, me refleja el espanto: el cielo vacío como la posibilidad de pensar que algo va a salir muy mal, el silencio como la posibilidad del desastre. Cuando inventaron el cielo no se habían inventado los misiles; cuando se inventaron los misiles, no se había inventado la idea de que el cielo no está hecho para ser atravesado por misiles. Podríamos, si quisiéramos, decir que algo salió muy mal.

Jada Sirkin

misiles

Taller Narrativa (octubre/noviembre)

Taller de Escritura Narrativa
EL ARTE DEL RELATO

2 meses / 8 encuentros de 3 hs.

Portada Raya cara oct nov

“Porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia…”

Julio Cortázar

La idea del taller no es aprender a escribir cuentos, sino escribir cuentos. La escritura (el tejido) de un relato es una investigación, una exploración guiada por el interés y la curiosidad: un viaje de descubrimiento.

No hay fórmulas, sólo caminos posibles.

¿Cómo construir un acontecimiento narrativo? ¿Cómo proponer al lector una experiencia narrativa? No hay viaje sin relato, dice Walter Benjamin. No hay narración sin viaje, podríamos decir. Narrar es llevar a alguien de viaje, a la exploración de lo desconocido. ¿Cómo escribir sino de lo que no se sabe, o de lo que se sabe mal?, se pregunta Deleuze. La narración es, también, una investigación. Viajar, investigar, adentrarse en el Misterio.

PROGRAMA EN 8 ENCUENTROS

En cada encuentro de 3 horas se darán disparadores, ejercicios y consignas (juegos) para el despegue de posibilidades narrativas. ¿Qué nos llama la atención? ¿En qué universos nos queremos sumergir? ¿Adónde nos guía la curiosidad individual y grupal? Usamos imágenes disparadoras, anécdotas personales, frases detonantes, preguntas, detalles del mundo sensible, procedimientos narrativos; investigamos la forma, la musicalidad y la plástica de la frase, la escultura del párrafo, la rítmica, la combinación de elementos heterogéneos, el tejido de un relato como el tejido de una red, una trampa, un universo. Nos preguntamos cómo multiplicar los sentidos posibles para las cosas. Investigamos en cómo crear acontecimientos narrativos de resonancias múltiples. Intentamos tocar lo complejo y sutil del acontecer humano. Nos preguntamos cómo potenciar la experiencia de lectura, cómo intensificar el interés, cómo llevar al lector de viaje, cómo conducirle hacia una suerte de éxtasis poético, cómo hacerle hervir.

Entre un encuentro y el otro, se escribe. El grupo funciona como un laboratorio de investigación. Armamos un espacio de confianza donde poder probar lo que sea. Se lee y se comenta y se barajan posibilidades para potenciar los textos.

LUGAR:
Colegiales, CABA

CUÁNDO:
Martes o jueves 19 a 22 hs (se armará un grupo o dos de acuerdo a disponibilidades)

DURACIÓN:
Dos meses.

PRECIO: $900 por mes ($1600 pagando los 2 meses antes de empezar)
CUPO LIMITADO: 10 personas

CONSULTAS e INSCRIPCIÓN:
dandembira@gmail.com
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Mucho más que una curva

Auto choca árbol

Siempre fui sensible al No. Pero más que al No, soy sensible al volantazo. ¿Qué es un No sino un volantazo? Chocarme contra un árbol es descubrir cómo me irrita que el camino no avise su curva. Me enojo con la vida porque no avisó. Como si ella supiera. Como si siempre supiera de sus vueltas. Me molesta que la gente de vueltas, pensé, pero tuve que confesarme que no, que lo que me molesta es que la vida de vueltas. Yo que me creo tan libre, tan loco, tan desestructurado, me descubro quejándome de la curva. Como si las líneas rectas existieran. Como si siquiera existieran. No, no me molesta que la vida de vueltas, me molesta que no me avisen. Pero no, tampoco me molesta que no avisen, me molesta no estar atento y darme contra el árbol. Me molesta la inercia, mi inercia, la inercia de lo que creo ser yo. Me molesta haberme creído que la ruta seguía por donde yo creía que seguía. Me molesta haber sido tan ingenuo de creerme en control de los caminos, y ahora, estrolado en este árbol, me dejo raspar por la corteza de la realidad. Los sueños siguen de largo y se estrellan contra un árbol, las ilusiones no aprendieron a girar con lo que gira. Pero por suerte hay más, por suerte hay más de lo que creí saber. Del mundo y de mí, por suerte hay mucho más.