Taller Narrativa (octubre/noviembre)

Taller de Escritura Narrativa
EL ARTE DEL RELATO

2 meses / 8 encuentros de 3 hs.

Portada Raya cara oct nov

“Porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia…”

Julio Cortázar

La idea del taller no es aprender a escribir cuentos, sino escribir cuentos. La escritura (el tejido) de un relato es una investigación, una exploración guiada por el interés y la curiosidad: un viaje de descubrimiento.

No hay fórmulas, sólo caminos posibles.

¿Cómo construir un acontecimiento narrativo? ¿Cómo proponer al lector una experiencia narrativa? No hay viaje sin relato, dice Walter Benjamin. No hay narración sin viaje, podríamos decir. Narrar es llevar a alguien de viaje, a la exploración de lo desconocido. ¿Cómo escribir sino de lo que no se sabe, o de lo que se sabe mal?, se pregunta Deleuze. La narración es, también, una investigación. Viajar, investigar, adentrarse en el Misterio.

PROGRAMA EN 8 ENCUENTROS

En cada encuentro de 3 horas se darán disparadores, ejercicios y consignas (juegos) para el despegue de posibilidades narrativas. ¿Qué nos llama la atención? ¿En qué universos nos queremos sumergir? ¿Adónde nos guía la curiosidad individual y grupal? Usamos imágenes disparadoras, anécdotas personales, frases detonantes, preguntas, detalles del mundo sensible, procedimientos narrativos; investigamos la forma, la musicalidad y la plástica de la frase, la escultura del párrafo, la rítmica, la combinación de elementos heterogéneos, el tejido de un relato como el tejido de una red, una trampa, un universo. Nos preguntamos cómo multiplicar los sentidos posibles para las cosas. Investigamos en cómo crear acontecimientos narrativos de resonancias múltiples. Intentamos tocar lo complejo y sutil del acontecer humano. Nos preguntamos cómo potenciar la experiencia de lectura, cómo intensificar el interés, cómo llevar al lector de viaje, cómo conducirle hacia una suerte de éxtasis poético, cómo hacerle hervir.

Entre un encuentro y el otro, se escribe. El grupo funciona como un laboratorio de investigación. Armamos un espacio de confianza donde poder probar lo que sea. Se lee y se comenta y se barajan posibilidades para potenciar los textos.

LUGAR:
Colegiales, CABA

CUÁNDO:
Martes o jueves 19 a 22 hs (se armará un grupo o dos de acuerdo a disponibilidades)

DURACIÓN:
Dos meses.

PRECIO: $900 por mes ($1600 pagando los 2 meses antes de empezar)
CUPO LIMITADO: 10 personas

CONSULTAS e INSCRIPCIÓN:
dandembira@gmail.com
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Mucho más que una curva

Auto choca árbol

Siempre fui sensible al No. Pero más que al No, soy sensible al volantazo. ¿Qué es un No sino un volantazo? Chocarme contra un árbol es descubrir cómo me irrita que el camino no avise su curva. Me enojo con la vida porque no avisó. Como si ella supiera. Como si siempre supiera de sus vueltas. Me molesta que la gente de vueltas, pensé, pero tuve que confesarme que no, que lo que me molesta es que la vida de vueltas. Yo que me creo tan libre, tan loco, tan desestructurado, me descubro quejándome de la curva. Como si las líneas rectas existieran. Como si siquiera existieran. No, no me molesta que la vida de vueltas, me molesta que no me avisen. Pero no, tampoco me molesta que no avisen, me molesta no estar atento y darme contra el árbol. Me molesta la inercia, mi inercia, la inercia de lo que creo ser yo. Me molesta haberme creído que la ruta seguía por donde yo creía que seguía. Me molesta haber sido tan ingenuo de creerme en control de los caminos, y ahora, estrolado en este árbol, me dejo raspar por la corteza de la realidad. Los sueños siguen de largo y se estrellan contra un árbol, las ilusiones no aprendieron a girar con lo que gira. Pero por suerte hay más, por suerte hay más de lo que creí saber. Del mundo y de mí, por suerte hay mucho más.

Cómo atrapar a un espectador perezoso en una obra de arte

(Crónica)

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Caí en la trampa. Hacía rato que quería ir al Museo de Arte Moderno a ver la exposición de Tomás Saraceno, Cómo atrapar el universo en una telaraña. El punto es que vivo del otro lado de la ciudad y el centro, el micro micro centro, me da una pereza de proporciones cósmicas. Estuve dándole al que sí/que no, esperando que se armara una situación útil: que ir al centro sea útil, pensaba, no sólo ir a la exposición. Como si el arte fuera inútil. Así que armé un sandwich: el plan era encontrarme con M para registrar el guión de nuestra próxima película, luego dar un taller y en el medio, en el “tiempo libre”, acercarme al Museo.

Desperté con un dolor de cuello feroz. Casi cancelo todo. El registro podía esperar, pero la muestra cerraba en unos días. Casi que era mi última oportunidad. Al salir del subte me encontré con una manifestación de la CGT. La oficina adhería al paro y no pudimos hacer el trámite. La primera mitad de la trampa se hizo visible, la segunda mitad se haría visible al salir del museo: el taller se cancelaría. Así que ese era el plan de las arañas para atraparme en microcentro. Frustrado el trámite, frustrado el taller, sólo quedó el Museo. La frustración es una obra de arte, la obra de arte es una trampa. Cuando te roban las fetas de pan, te comés el jamón.

Sala 1. Oscuridad, una tela de araña multidimensional en un cubo, iluminada por un pequeño reflector que proyecta un círculo de luz en la pared. Entre la luz y la tela, “polvo cósmico”, a su vez registrado y proyectado en la pared opuesta. Micrófonos y un parlante, supuestamente amplificando el sonido de las partículas de polvo. La chica que cuida le explica a una señora. “Polvito cósmico, sí, leí en internet”, responde la señora, y agrega: “Parece mentira que las partículas tengan sonido.” Después se acerca a la tela y la observa con fascinación. Está emocionada y yo también: por la tela, por la señora; por el encuentro de la tela y la señora. La señora fue atrapada, lo lograron, está conmovida, y yo me deshago en ese estado que encuentro a veces, ese en el que parezco dispuesto a emocionarme con cualquier cosa. Después de un rato de dar vueltas a la tela, la señora se aleja. Da unos pasos en la oscuridad como si fuera a encontrar una puerta. Sé que la cortina para salir está lejos, pero ella mueve la mano con tal convicción que por un momento tengo la impresión de que va a abrir una cortina cósmica y pasar a otro tipo de lugar.

Dejé mi celular en el locker del museo, no puedo tomar fotos, sólo puedo escribir y llorar. “Sin flash, por favor”, dice alguien desde la sombra. Me atrae tanto la obra como las personas que contemplan; y las que cuidan que la contemplación no destruya la obra. La tela parece tan delicada que me sorprende que haya pasado tanto tiempo de exposición y no se haya deshecho.

Sala 2. Un hombre me pide que camine pegado a la pared y que no me acerque a las telas. Un chico de camisa blanca suspira después de decir, tal vez por vez mil en el día, “un paso para atrás, por favor”, cuando alguien se aproxima demasiado a la frágil y cambiante obra de arte. Ahora estoy en un salón como de veinte o treinta metros por diez, lleno de telas de araña. Es asombroso. Una obra de museo. Telas de araña dentro del Museo de Arte Moderno, pienso. Pienso que esto no sería posible si alguien no hubiera metido un inodoro en un museo allá lejos una vez. El museo como espacio de transformación, la sala oscura o silenciosa como espacio para la contemplación. Un cartel dice que las arañas son casi ciegas y una mujer-guía dice que tejen de noche. Redes hechas en la noche, redes hechas para no ser vistas: trampas para el alimento, ahora iluminadas hermosamente: una trampa mortal devenida trampa estética. Aquí, la contemplación de algo que no fue hecho para la contemplación. Pero ¿quién dice que las telas no son hechas para la contemplación? ¿Seremos los humanos un invento de las arañas? ¿Será que nos tejieron para que su belleza fuera apreciada?

Las líneas se mueven. ¿Por qué? ¿Hay viento en una sala de museo? Podría quedarme horas, días, para siempre. “Valió la pena venir, ¿no?”, dice una señora. “Yo hace rato que quería venir”, responde la otra, “pero ¿cómo hacía para venir hasta acá? Necesitaba cuatro horas de mi vida para venir hasta acá.” Y yo, que hoy no quería salir de casa, queriendo quedarme atrapado en esta obra para siempre.

Pienso que una obra de arte es como una tela de araña, como una trampa. Hamlet ya pensó el teatro como una trampa, una trampa para atrapar la consciencia del rey. Pienso, imagino, una obra tan poderosa que los espectadores quedan atrapados y no pueden salir. El artista, imagino, sería la araña que se los come. También pienso en una obra como un agujero negro, una estrella tan oscura que nos deshacemos en ella. Como sea, lo lograron (lo logramos), y estoy, al menos por un rato, deshecho. Así pienso en el arte a veces, como un hecho para deshacernos, un tejido para destejernos.

Jada Sirkin, 22 de agosto 2017, Buenos Aires.

Losotros

Parece que en Chile tienen un lunfardo y cuando van a decir “nosotros” dicen “losotros”. Que suena a: los otros. ¿No será confuso? En política, en la guerra y en el intento de amar, es importante diferenciar entre nosotros y los otros. ¿Quién va ganando? Losotros. Excelente. ¿Excelente? Tal vez esa confusión es el amor. Tal vez el amor es una guerra del otro lado. Recién acosté a los chicos (mis chicos, esos chicos) y estoy hace una hora parado en el marco de la puerta de su habitación. No puedo dejar de mirarlos, no puedo dejar de ser parte de ellos. Pero ellos ya son otros, hablarán otro idioma, hablarán su idioma, elegirán otros caminos. Pero no importa, somos losotros.

Aprender a no jugar

Me pregunto si al enseñar (empujar) a los nenes a decir “gracias” (a ellos, que no necesitan decirlo porque viven en estado de gracia) no se los está educando para creer que se puede vivir fuera de ese estado de gracia(s)… como si se les explicara que decir “gracias” implica que AHORA (el ahora de la enunciación) estás agradecido, lo que a su vez implica que en otros momentos no (momentos no merecedores de agradecimiento)…
Como si volverse adultos fuera nada más ni nada menos que aprender a estar no-agradecidos, o sea insatisfechos, lo que sería: aprender a no jugar… si la insatisfacción es la falta de gratitud (o sea la falta de juego), la plenitud sería, entonces, el estar jugando…
La palabra “juego” a veces nos suena infantil, porque claro, acordamos en que el estado de juego es propio de la infancia, y acordamos en que la infancia FUE ese entonces en que sí, por un rato, por unos años, se nos permitía jugar con todo.
La infancia FUE, siempre en pasado. Madurar, dirá Nietzsche en el futuro siglo XIX, será recobrar “la seriedad con la que jugábamos de chicos.”

Jada Sirkin, julio 2017

El narrador serpiente

Cuando todo estaba claro se te pincha una rueda. La vida avisa, no digas que no. ¿Qué fueron todas las señales? Te fue extraña la imagen, no digas que no: la noche, inflar la rueda de noche. ¿Por qué pensaste que tenías que arreglar la bici hoy? Justo hoy. No se te pinchó una rueda. La pinchaste. Te contaste una historia y la historia de cómo se te iba todo al cuerno. Como la fiesta en ruinas. Ibas hacia ahí, hacia ese sueño, y la fiesta se rompió. Una fiesta rota, la imagen te suena. Recordás, mientras esperás el tren que te lleva a casa, a la tuya, esa vez en que te pasaste, tren Sarmiento, y llegaste a Once. Sólo te habías pasado una estación, no fue nada, te dijiste, pero se te cayó el mundo. ¿Por qué tanto? Recordás, también, todos los tableros que pateaste. Pensás en tu primo, ese, el grandulón, el que trompeaba la pared cuando algo no le salía bien. Pensás en tu viejo, cuando se le cae algo al suelo. Y en tu abuelo, cuando olvidaba las cosas. Y pensás, no sabés por qué, algo así como que el frío también tiene su calor. El frío también da calor. Como si algo te gustara. Como si algo de todo esto te gustara. El mapa roto, el sueño destrozado, la estación vacía. Las cosas nunca… empezás a pensar, y te detenés, y cambiás de rumbo, porque vos también sabés cambiar de rumbo. Como la vida, pensás, como la vida. Los sueños nunca se hacen realidad, la realidad es sueño. Un sueño construído. Tejido. Narrado. La humanidad se ha contado su historia. El individuo, como un pueblo, se cuenta sus historias. Y la vida lo pone en jaque. Atorrante. Con sus vueltas. Y el individuo, como el pueblo, quiere patear el tablero. Y afirma que de ninguna manera es todo eso que la vida le dice, con cañones, que también es. Te habías armado el sueño de esta noche, y ahí estás en tu casa, devuelto a la neutralidad de lo que llamás tu hogar, escribiendo sobre la imposibilidad de haber llegado a puerto. Escribiendo sobre o escribiendo desde. La fiesta rota, pensás, es el final de la historia. O el principio. Escribís desde lo roto. Contar una historia es construír personajes, dicen, o destruírlos, pensás. De los escombros de tu identidad, de las ruinas de tu historia, aparece la serpiente oportunista de la narración. Todo narrador es una especie de víbora. Se aprovecha de las grietas. Más que construír, el narrador destruye. Se alimenta de lo que muere. El narrador es un pájaro carroñero. Narrar es destruír ideas.

Jada Sirkin, junio 2017

Con todo, como si nada

El gato se sube a mi falda y lo abrazo y le digo gracias por despertar, o activar, o reflejar mi irritabilidad; y que disculpas si a veces me pongo irritable, que estoy creciendo y que él es un gran maestro, o un refinado y animal espejo, y que me di cuenta de algo: que la irritación es una forma de la queja, y que el antídoto, el homeopático antídoto, es la gratitud. Él se refriega, conmigo y con las cosas, con todo, como si nada.

El mundo inédito

Vemos y pensamos la historia y la evolución de la humanidad como un entramado de nombres, rostros y acontecimientos que, por una u otra razón, se hicieron populares. Armamos, con ese material visible, la narración visible de la humanidad. El rostro visible de la historia. ¿Pero qué pasa con lo otro? ¿Qué pasa con todos esos nombres, esas caras, esos acontecimientos íntimos? ¿Qué pasa con los libros inéditos? Seguro que hay muchos más libros inéditos que publicados (hechos públicos). Esos libros, ¿no forman también parte de la historia de la literatura? ¿Qué es hacer historia? ¿Tejer un recorrido con algunos elementos? ¿Cómo y para qué se eligen esos elementos? ¿Adónde se dirige ese recorrido? La historia como forma de justificar y sostener un presente, un estado actual de cosas. Nos contamos historias para sostener situaciones actuales. A nivel social y a nivel personal, la actualidad se apoya en una serie de relatos. Los relatos (los mitos) unen y aglutinan, sostienen, justifican, controlan, organizan. La narrativa incluye y también excluye. Los relatos que sostienen el presente son de alguna manera elegidos y construídos. ¿Qué hiciste hoy? Esto, esto y esto. ¿Y lo otro? ¿Lo que queda entre esos estos elegidos? ¿Por qué contamos lo que contamos? ¿Para qué? Por misteriosas y no tan misteriosas razones, la atención (la individual y la colectiva) es dirigida a ciertos lugares, y a ciertos otros no. Uno recuerda y destaca ciertas cosas que le pasaron en el día, la humanidad recuerda y destaca ciertas cosas que pasaron, digamos, en el siglo XX. Dos o tres guerras, cuatro o cinco descubrimientos científicos, un puñado de obras de arte, diez nombres, unos rostros, algún accidente o catástrofe natural, un mundial de fútbol y te armamos un siglo. ¿Pero qué pasa con lo que estaba sucediendo a la vuelta de la esquina de la Revolución de Mayo? ¿Qué pasa con la frustración del nene que en el 69 se quedó dormido cuando pasaban la transmisión de la llegada a la Luna? Hay quien dice que lo de la luna fue un cuento. Un cuento es, porque es algo que se cuenta. Como sea, hayan pisado esos hombres la piel de la luna o no, lo que recibimos es un cuento. Queda la pregunta de si ese cuento cuenta una “realidad” o si ese cuento es puro cuento. Queda preguntarnos por el para qué de contar las historias que se cuentan. Sea que se cuente algo al pie de la letra, sea que se cuente una “realidad” tergiversada, sea que se invente todo, ¿para qué? Sherezade cuenta cuentos para sobrevivir: narramos para sobrevivir (¿Barthes?) Si una persona vive toda su vida con la certeza de que en 1969 el ser humano pisó la luna, y al día siguiente de su muerte el mundo se entera, y con total certeza, de que lo de la luna fue un invento, cabe la pregunta acerca de la realidad del impacto del hecho en esa persona que vivió creyendo que ese hecho era un hecho. Más allá de lo real, lo que nos contamos. En el cuerpo, lo que nos contamos. ¿Por qué mataron a Sócrates? ¿Por qué mataron a Galileo? ¿Por qué el criminal tiene que matar al testigo de su crimen? Montamos nuestras vidas sobre un tejido de relatos. Ese tejido incluye y excluye. A ese tejido lo llamamos cultura, o civilización. La civilización se sostiene sobre lo que cuenta, y sobre lo que oculta. Una especie de inteligencia histórica parece ir eligiendo los hilos que tejen el recorrido del pensamiento humano. La humanidad se va contando un cuento, por inclusión y por descarte. Hoy hay gente que dice que la Tierra es plana. Más allá de que lo sea o no, más allá de que esa teoría sea una total estupidez o no, es interesante preguntarnos a qué responde el nivel de agresividad reactiva de las respuestas a esas teorías. Así como hace cientos de años mataron a Galileo por decir lo que decía, hoy matarían a quienes dicen lo que dicen, si lo que dicen amenaza la estabilidad del tejido de relatos que sostiene nuestra civilización. La civilización, el mundo, se sostiene en este mapa de relatos. Los relatos oficiales. ¿Qué pasa entonces con esos otros cuentos, los que no recibimos, los que ni siquiera son la otra cara del cuento oficial? El mundo inédito, ¿no forma parte de la historia de las cosas? Cierta organización jerárquica de los valores sociales nos dice que un libro editado vale más que uno inédito. Y que una vida que dejó huella vale más que una que no. ¿Puede una vida no dejar huella? ¿Por qué damos tanto valor a lo de las huellas? Tal vez nos sentimos tan perdidos que queremos tirarle una onda a las generaciones futuras. Dejarles el camino armado, el manual editado. ¿Será eso? ¿Será que nos enseñamos que sólo existimos en la medida en que dejamos marca? Tal vez pretendemos una especie de eternidad en la huella que dejamos. No me iré de este mundo sin dejar mi firma tallada en el tronco de algún árbol. ¿Por qué esa especie de necesidad de tallar los nombres en las cuevas y en los troncos de los árboles?

Jada Sirkin

Actuar es elegir cómo actuar

Reflexiones acerca del arte de la actuación

Pensaba en la actuación como una alteración del sistema de reacción. Puede ser engañosa la idea de que actuar es estar presente y que estar presente es ser impulsivo. Se asocia impulsivo con espontáneo, se asocia la espontaneidad con la actuación. Asociaciones peligrosas. Confusas. Seguir el impulso, se dice. Valoramos el impulso, la espontaneidad. Y esa valoración (al menos una valoración ciega de la idea de la espontaneidad) puede ocultar el hecho (la posibilidad) de que lo que se piensa como impulsivo sea más bien automático. Modos automáticos de responder. Al otro, a lo otro, a los estímulos, a las propuestas del Destino. Reacción. Se dice, por ahí, que actuar es reaccionar. Responder. Ideas. Ideas que también pueden ser confusas. ¿Qué es actuar? ¿Cómo intensificar la presencia y la sensación de contacto? Si estamos o no en contacto, con los otros, con quien nos mira, con la situación, más o menos, no lo sabemos. Lo que sí podemos registrar es el nivel de sensación de contacto. No ya el contacto, sino la sensación de contacto. La idea no sería estar en contacto, sino sentirnos en contacto. ¿Cuán en contacto estoy con el otro si reacciono siempre de la misma manera? ¿Puedo repetir mis modos de reaccionar? Si hago zoom, puedo ver las diferencias aun dentro de la repetición. Microvariaciones. Todo es nuevo cada vez. Pareciera que actuar tiene que ver con darnos cuenta de esto: todo es nuevo cada vez. Aún cuando repetimos guiones, reacciones, comportamientos. Repetir, ¿se puede repetir? En la vida cotidiana pareciera que sí. Al menos tenemos esa sensación. La sensación (o idea) de que nos repetimos. Con esa idea, la idea de que todo es bastante lo mismo, la idea de que ya vivimos casi todo lo que hay por vivir, la idea de que sólo vale lo excepcional, con esas ideas vamos al trabajo. Por alguna razón, parece que sólo nos asombramos con las cosas que son evidentemente diferentes, extraordinarias. La actuación, como la escritura, como la decisión de intensificar la presencia, puede devolvernos la sensación del asombro. Actuar, tal vez, es intensificar el estado de asombro. El asombro parece ser, a su vez, el antídoto para lo automático. Los rusos decían: extrañamiento. Volver a ver las cosas por primera vez. El asombro inyecta aire entre las cosas, entre los estímulos y las reacciones. Las respuestas tardan en llegar porque las palabras tardan en unirse. La sintaxis del mundo se oxigena y si alguien me dice algo no termino de entender qué me quiere decir. Porque me quedé como fascinado por el espacio entre las palabras. Así los momentos de asombro. Fascinación por el mundo. Los otros momentos, los del otro lado, llamémoslos cotidianos, los pasamos como por encima. Sólo nos detenemos a atender aquellos momentos que consideramos, previo a vivirlos, que tienen un valor y que merecen ser atendidos (tal vez creemos que hay escasez de atención y que conviene ahorrar). En ese modo ahorro, modo económico, alguien nos dice algo y antes de que termine su frase nuestra computadora ya entendió, creyó entender, sacó conclusiones, analizó las opciones, estudió el catálogo de reacciones posibles, tomó una decisión y gritó. Vivimos en ese ping pong. Se nos cae algo y en seguida supimos (ni puedo decir el verbo en presente: sabemos), supimos, porque ya es sabido, que esa caída es una cagada. Reaccionamos como nos enseñaron a reaccionar. Cuando nos dan un premio reímos, cuando no lloramos. Bien o mal, me gusta o no me gusta. Y nuestras personalidades (yo, ego) se aseguran su supervivencia dentro de esa armadura, un aceitado sistema protectivo de reacciones. Nos acomodamos en ciertas zonas de la experiencia, y el resto queda excluído. Lo otro, peligroso. Ahora, la vida, atorrante, generosa, nos enfrenta de una u otra forma a lo que rechazamos. El Destino afila sus cuchillos hasta que encuentra las situaciones propicias para ponernos en jaque. Jaque al Rey, que sería lo mismo que decir: jaque al Yo. Jaque al ego, a la personalidad, a ese sistema reactivo. Frente a estos filosos acontecimientos del Destino, no sabemos cómo reaccionar. Miles de obreros, a velocidades infernales, rastrean en los catálogos de nuestra mente. Pero no encuentran, porque no la hay, una forma de reaccionar. Alguien se muere, por ejemplo, y nos quedamos como en stand by. Como desplazados. Corridos, no sabemos cómo responder. Esas muertes, esas posibilidades, se nos dan todos los días. En niveles más sutiles. Por ejemplo, cuando un plan se desarma y quedamos a la deriva, en medio de la ciudad, sin saber qué hacer. En general nos inventamos algo y evitamos el encuentro con ese espacio innombrable. El espacio en el que el yo no sabe, al menos por un rato, quién es. Cómo reaccionar. Qué decir. Pareciera que la actuación juega sus fichas en ese espacio. El espacio del asombro, ahí donde los sistemas de respuesta son puestos en jaque. Actuar es como ponerse frente a esos acontecimientos que ponen a la persona en jaque. Actuar es estar solo en el campo de batalla, Ricardo, los caballos han huído, todos tus soldados han muerto, tu pecho abierto y vulnerable a las lanzas del Destino, tu reino por un caballo. La actuación, pienso, juega en ese limbo. El yo se corre y no sabemos cómo reaccionar. Entre el estímulo y su respuesta hay un espacio infinito. Infinito porque todo es posible. Porque el aire permite al actor elegir. Elegir cómo reaccionar. Detener la respuesta, dilatar la conclusión, esperar, esperar para elegir. Dudar de todo. Reprimir el impulso automatizado que saca conclusiones a la velocidad de la luz, para permitir nuevas maneras de ver las cosas, comprensiones más múltiples y complejas de los acontecimientos. Si la vida cotidiana es reacción automática y si la meditación es no reacción, la actuación juega en ese espacio intermedio. El espacio entre la reacción y la no reacción. No es una cámara lenta, es una densificación del aire. Actuar es un poco como vivir bajo el agua.

Jada Sirkin

Tan real como la incomodidad

Algunas imágenes de la proyección de ayer de FiestaRota, con concierto de Marcelo Blanco y la conversación deliciosa del final. ¿Por qué es tan delicioso conversar? La peli es una, pero cada quien se hace su peli. Cuando conversamos, pareciera que vemos un poco de la peli de cada público, y nos vamos habiendo visto muchas pelis. Compleja y misteriosa es el alma humana. Indefinible, real. Real como la incomodidad, dijo Marcelo. Real como la incomodidad, pensé, tengo que escribir un cuento con ese título. Agradecido, una vez más agradecido. Y el domingo que viene vamos de nuevo. La fiesta se sigue rompiendo!